lunes, 27 de mayo de 2019

Percontari N° 21

El contraproducente rechazo a la política




Según Hannah Arendt, durante las distintas épocas, hubo pensadores que intentaron controlar la política, evitando cualquier desestabilización relacionada con esa dimensión de nuestra realidad. Aun cuando las luchas por el poder, así como la ejecución de cambios exigidos en cada tiempo, conforman lo esencial del ámbito político, Platón, Marx y otros autores tuvieron la pretensión de acabar con esas disputas. En efecto, ellos preconizaron que se instaurara un orden definitivo, gracias al cual lo concerniente a los asuntos públicos ya estuviese resuelto. Liquidadas esas preocupaciones, los hombres podrían dedicarse a tareas diferentes, ahorrando desgastes que acostumbran generar más angustias que beneficios. Pero olvidaron que su deseo de organización plena es incompatible con la naturaleza del individuo, quien, si tiene una mente sana, no se limitará a ocupar un solo espacio para satisfacer sus profecías.
El rechazo a lo político no es una rareza que sea exclusiva del pensamiento de algunos filósofos. Es cierto que, desde su óptica, se ofrecen razones para respaldar este punto de vista. Existe una labor teórica que, allende sus debilidades, es útil a fin de iniciar debates al respecto. No obstante, la regla es que las críticas sean lanzadas sin meditaciones de por medio. Como pasa en incontables terrenos, los cuestionamientos están privados de racionalidad. Al margen de aquello, pueden identificarse posturas que encuentran prescindibles los conflictos propios de la política. Debido a las consecuencias que originan en una sociedad, conviene reflexionar acerca de estos posicionamientos.
Vale la pena recordar lo aseverado por defensores de utopías, tecnocracias y cualquier aspiración de laya totalitaria, sea laica o religiosa. Sólo en esos escenarios, tan ilusorios cuanto nocivos, podría desecharse la política. Los proyectos que versan sobre una estructura perfecta, en la cual no hay lugar para las disensiones, tornan innecesaria esa clase de actividades. Lo único posible sería el respeto a un sistema que, con rigidez antinatural, fue diseñado para normar al conjunto de ciudadanos. Deberíamos saber que esa estabilidad que ofrecen tiene como contraprestación la libertad. Solamente cuando ésta es pulverizada, el sueño de un ordenamiento impecable resulta factible. Por otro lado, amparados en discursos de tipo administrativo, mostrando desprecio hacia las pugnas entre doctrinas, existen sujetos que se presentan también como salvadores. Presumen que un hombre puede ser desprovisto de sus ideales. El problema es que nuestra convivencia no se regula con guías asépticas, tecnocráticas; sus normas deben encaminarse a la búsqueda de fines superiores.
La política no es tampoco bienvenida entre muchos de quienes se reconocen como artistas. Son incalculables los que, presentándose así, no tienen ningún interés en las cuestiones del Estado y la sociedad. Tontamente, presumen que su apatía los librará de las abominaciones ocasionadas por el régimen. Hasta el cansancio, algunos individuos que componen tal fauna han expresado su predilección por una realidad en la cual no haya esos afanes del poder. Deben entender que, por ese desdén, pueden triunfar candidatos dispuestos a extinguir su sosiego. Llegado el momento de la perversión del gobernante, todos los seres humanos, tanto apasionados como indiferentes a sus ministerios, podrán convertirse en víctimas. Tal vez las siguientes páginas puedan servir para persuadirlos, o a cualquier ciudadano, de albergar estas inquietudes.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Percontari N° 20

Nuestra vida y el rigor científico



En un curso que comenzó el año 1929, Ortega y Gasset se preguntaba sobre las razones humanas para conocer. No siendo dioses omniscientes ni, en teoría, animales inconscientes de su ignorancia, valía la pena formularnos esa cuestión. Desde Aristóteles, se sostiene que, por naturaleza, el hombre tiene un afán de conocer, una inclinación favorable a ello. Huelga decir que la conducta de mucha gente refuta esta tesis con espantosa frecuencia. No obstante, al autor de Meditaciones del Quijote le preocupaba terminar con esa inquietud, buscando una respuesta que fundamente nuestros quehaceres en dicho ámbito. Así, se afirmó que las personas conocían para tener seguridad vital; en otras palabras, necesitaban ciertas convicciones, creencias, verdades, las cuales son demandadas por un oficio tan importante como vivir.
    Gracias al impulso de Francis Bacon, entre otros mortales, la ciencia moderna ha servido para identificar diversos problemas y, además, resolverlos. Debido a sus éxitos, aunque haya generado también frustraciones, se la considera una vía óptima para aproximarnos a la verdad y, en suma, obtener esas certezas que ayudan a existir. Empero, encontramos otros medios que son útiles para lograr ese objetivo. Sucede que, en el cometido de alcanzar certidumbres que un individuo precisa para vivir, se puede recurrir a caminos claramente distanciados del científico. Desde luego, esto podría ocasionar críticas, pues se trataría de una vía falsa, un sendero que no cuenta con los requisitos fijados para su respeto en ese campo. Surge así la acusación de seudociencia, en donde, ante todo, debe censurarse el engaño. Porque hay teorías que se presentan como científicas, pero no son sino estafas, medios para empobrecer a personas necesitadas de ilusión, poniendo en riesgo hasta su vida.
    Ahora bien, si no fuese una impostura científica y se tratara de un ideario para entender mejor al ser humano, ¿cuán desautorizados serían sus planteos? Negar toda validez en estos casos, por no seguir una vía eminentemente científica, lleva a un extremo: el cientificismo. No todas las actividades que se relacionan con nuestro conocimiento deben aspirar a la estrictez del físico, astrónomo, etcétera. Para entender a un individuo, incluso consolarlo, no parece imprescindible el rigor metodológico. Ruego que no se piense en un alegato a favor de la incultura más grosera, pues es siempre necesario ampliar los saberes. Sería idiota tratar de quitar autoridad a la ciencia o, peor aún, reivindicar tonterías como la homeopatía. Es obvio que, si, para sobrellevar una depresión, se aconseja violentar la ley de gravitación universal, podemos causar un daño irreparable. El tema es que, por el solo hecho de carecer del método de las ciencias exactas, naturales, o aun sociales, un conocimiento no debe ser excluido de nuestras deliberaciones.
    Finalmente, destaco que, en la propia filosofía, varios autores han cuestionado que, como no se tiene rigurosidad científica, sus aseveraciones se consideren innecesarias, invalidando a la metafísica, por ejemplo. De este modo, se intentó la consagración de un imperialismo que, como pasa en cualquier campo donde esta perversión sienta presencia, resulta negativo. Es irrebatible que la disciplina de Sócrates no cuenta con las exactitudes del matemático o esas predicciones que aventuran otros teóricos; sin embargo, esto impide juzgarla inútil. Tenemos todavía interrogantes, más aún en nuestra vida íntima, que sólo esa labor de los pensadores puede ayudar a contestar. Tal vez, si hay fortuna, las páginas que siguen a continuación contribuyan a pensar más al respecto.

martes, 27 de noviembre de 2018

Percontari N° 19


En pos de una comunicación original y ejemplar

Dejándolo de manifiesto en cuantiosas oportunidades, Bertrand Russell fue un filósofo que se distinguió por el sentido del humor. Estuvo lejos de quienes conciben el pensamiento como un oficio que, para su ejecución, exige ceños fruncidos, mirada penetrante y, entre otros requerimientos, censurar cualquier gracia. En una ocasión, evidenciando dicha virtud, dijo que jamás había escrito sobre estética porque no tenía dominio del tema, ignorándolo de forma significativa; sin embargo, complementando la explicación, aclaró que, según algunos colegas, eso nunca le había impedido reflexionar sobre otros múltiples asuntos. Pasa que, durante su dilatada existencia, pensó acerca de diferentes terrenos del saber, llegando incluso a protagonizar debates e instigar a la rebeldía en varias áreas. Habló, pues, de diversas cuestiones, pero dejó sin examen propio esa esfera en que la belleza y, por supuesto, el arte son fundamentales. Por suerte, otros como Kant, Hegel y Alain fueron más osados.
Contemporáneamente, los razonamientos en torno al arte pueden remitirnos al estudio de muchos autores. André Comte-Sponville es uno de los pensadores que ha escrito al respecto. Lo hace de forma pedagógica, clara, provechosa, como siempre. Destaco que, para él, los elementos que resultan indispensables para hablar de una obra maestra son dos, a saber: originalidad y ejemplaridad. El primer requisito nos aleja de la imitación, aun cuando ésta sea notable; por tanto, no podríamos ofrecer al prójimo algo que ya hubiese conocido. No se trata de alentar las rupturas radicales, revolucionarias; ser original no implica abolir el pasado. Por otro lado, esa creación artística debería ser ejemplar, despertando admiraciones, así como suscitando otras reacciones positivas, efectos mediante los cuales las personas puedan advertir cómo es vencida su indiferencia. De esta manera, se reconoce un componente fascinador en ese tipo de hazañas.
En definitiva, el desafío tiene que ver con ser tan singulares cuanto dignos del aprecio ajeno, sea racional o emotivo. Conforme a este parecer, el artista no podría ser presentado como agente que combina misantropía con cierta consciencia de lo bello. Su producción, como señala Sartre cuando habla de la literatura, no se agota en el concepto del soliloquio. Por consiguiente, la comunicación con su semejante será parte de sus designios, aunque sin desdeñar las formas, los modos, el estilo. No es un propósito que se pueda conseguir con facilidad. Quizá por esto quienes son reconocidos allí como genios sean tan pocos. Aludo a personas que han podido comunicarse —aún hoy, varios siglos después de su deceso— con la mayor de las eficacias posibles. Es cierto que pertenecen a nuestra misma especie; no obstante, ante su obra, como pasa con Leonardo, uno se siente gratamente inferior. En cualquier caso, ésta es apenas una de las perspectivas que nos depara el arte. Las páginas que constituyen este número sirven para evidenciar cuán distintos son los criterios en ese ámbito.

lunes, 27 de agosto de 2018

Percontari N° 18


Del inestable motor de la historia

En 1968, al concluir su monumental trabajo sobre los distintos momentos, estadios o eras que atravesó nuestra civilización, Will y Ariel Durant publicaron Las lecciones de la historia. Hasta antes de su lanzamiento, habían escrito diez tomos, ofreciéndonos un análisis del pasado occidental que resultaba tan variado cuanto provechoso. Sin embargo, desde su óptica, era necesario reflexionar al respecto, pensar acerca de las enseñanzas que habrían dejado quienes nos antecedieron. Así, merced a los aciertos e innumerables equivocaciones del hombre, concebíamos la posibilidad de contar con una enorme maestra. Porque no tenemos el grado de originalidad que muchos suponen; al contrario, cuantiosos problemas nos persiguen desde los primeros tiempos, por lo cual, mirando hacia atrás, podrían servirnos para evitar reincidencias.
Pero concebir la historia como una pedagoga no es el único modo de hacerlo. Es igualmente posible que la entendamos como un proceso gracias al cual una sociedad se desarrolla. En este caso, al revisar el pasado, contemplamos una serie de acontecimientos que pueden ser asociados entre sí, presentándosemos como un conjunto más o menos coherente, útil para evaluar los cambios suscitados hasta hoy. Ocurre que, aun cuando el conformismo de numerosos sujetos lo haya deseado, la realidad social no ha permanecido invariable. Tenemos, pues, modificaciones de toda naturaleza que contribuyeron a mejorar, así como, en ciertos casos, empeorar, nuestra convivencia. Salvo que nos limitemos a propugnar una visión teológica, cabe reconocer al ser humano como único responsable de tales vicisitudes. Esto último conlleva la necesidad de considerar diversos factores, móviles que pueden influir en sus decisiones.
Es que, aunque seamos los autores exclusivos de cada experimento social, con sus bondades e infortunios, no hemos sido impulsados por una sola causa. Yo sé que a más de uno le gustaría creer en un pasado marcado profundamente por la racionalidad. Lo cierto es que, si bien nos ha acompañado en varias oportunidades, su ausencia fue asimismo significativa. En este sentido, tenemos cambios que han operado por mandato de la razón; empero, el pasado puede ser también humillante. Me refiero a tonterías, absurdos y dislates que han movido al prójimo, conduciéndolo hasta el encumbramiento de viles autócratas. Nos ayudó la luz, con seguridad, mas sin que aquello implique liquidar cualesquier tinieblas. Dejarse guiar por los sentimientos, las emociones y la pasión no ha servido para evitar ese funesto destino.
Desde la Edad Antigua, con Heráclito, el cambio se halla ligado a la violencia. Si examinamos lo que ha sucedido en los diferentes siglos, no podremos sino admitir la validez de su vinculación. Recordemos los innúmeros conflictos, batallas, guerras, golpes, revueltas y revoluciones: la fuerza produjo alteraciones de toda índole. No obstante, además del combate, nos encontramos con la cooperación. Debemos desconfiar de los reduccionismos que tengan estas características. El hombre no es un ser angelical, pero tampoco demoniaco; por tanto, sus obras, incluyendo la historia, deben ser estudiadas bajo esa premisa. Queda la ilusión de que el contenido del presente número pueda servir para reflexionar al respecto, entre otros temas ligados al pasado.

domingo, 27 de mayo de 2018

Percontari Nº 17




Por el conocimiento sobre la revelación


Si un filósofo se caracteriza por buscar autónomamente la verdad, empleando sus propios recursos, reflexionando sobre diversos temas que juzga relevantes, las explicaciones tan externas cuanto irracionales le resultarán indeseables. En este sentido, no debería bastarle con las respuestas que fuesen lanzadas por instancias o círculos accesibles sólo gracias a la revelación. Es cierto que, mientras transitamos por los caminos de una religión cualquiera, podemos ampliar nuestros conocimientos, incluso toparnos con saberes bastante útiles para vivir. Considerar que todas sus dimensiones son una calamidad es, por lo menos, una exageración. Sin embargo, hay un punto en el que no podemos mantener esa suerte de armonía. Porque, mientras el creyente recurrirá, en último término, a los dictados de la divinidad que merece su fe, nosotros nos rehusaríamos siempre a convalidar esa situación. Aun cuando la razón nunca nos dará certezas definitivas, tal como pasa con las afirmaciones de una deidad, es producto del trabajo personal, uno que vuelve posible nuestro avance, aunque, a veces, sea éste demasiado vulnerable. Son, pues, suficientes esas conjeturas que abrigamos para sentirnos más o menos a gusto, tan libres cuanto falibles, y no, por el contrario, seguros del destino de mayor inflexibilidad.
Pese a situarnos en un escenario donde lo esencial es incompatible con ritos y demás quehaceres, decantarse por su desprecio sería un absurdo. Huelga decir que no es necesario ser creyente para preocuparse por los asuntos religiosos. Así como hubo hombres de fe, tales como Kant, Hegel o, hasta hace algunos años, Julián Marías, que discurrieron al respecto, también lo hicieron otros autores sin tales confesiones. Desde luego, existieron pensadores que asociaron la creencia con las instituciones levantadas en su nombre, criticando los vicios que cometían quienes tenían allí autoridad. De manera que las prácticas servían para cuestionar postulados propugnados por su religión. No obstante, hallamos asimismo posiciones militantemente ateas. El caso de Holbach es significativo, pero también, en nuestros días, los ataques lanzados por Michel Onfray. En su criterio, resumiéndolo, por generar problemas como el fanatismo y la intolerancia, impidiendo debates que contribuyan al mejoramiento de nuestra convivencia, no podríamos sino considerar a la religión como algo negativo.
Cuando la filosofía inquiere acerca de cuestiones signadas por lo religioso, podemos encontrar nuevos sentidos a lo ya conocido. Pasa, por ejemplo, en la lectura de Dostoeivski que López Aranguren hizo al escribir un ensayo publicado el año 1969.  Ahí, entre otras provechosas ideas, se analiza la diferencia entre milagro y fe, dos elementos que nos relacionan con el tiempo, tanto presente como futuro, respectivamente, resultando fundamentales para entender las actitudes de varias personas. Porque, aun cuando se llegará, sin excepción, al momento en que alguien invoque la revelación, el esfuerzo de buscar por esos lares mayores esclarecimientos será beneficioso. Esperamos que, teniendo ese propósito, los textos del presente número cuenten con sus más cordiales atenciones.


sábado, 24 de febrero de 2018

Percontari Nº 16


Pedagogía de la deslealtad

En su libro Lecciones de los maestros, George Steiner escribe sobre varias relaciones entre discípulos y educadores. A través de sus páginas, signadas por el encanto que suele distinguir la prosa del autor, nos encontramos con diferentes parejas; algunas son literarias, pero hay también filosóficas. Un caso que resulta llamativo es el de Martin Heidegger. Sucede que, en principio, fue alumno de Edmund Husserl; es más, sin su fenomenología, Sein und Zeit jamás habría sido escrito. No es casual que la primera edición estuviese dedicada a su entonces entrañable profesor. Sin embargo, con el paso del tiempo, su distanciamiento de las enseñanzas que había recibido sería cada vez mayor. No sólo hubo desapego intelectual, sino también desamparo. En efecto, cuando ejercía el rectorado de la Universidad de Friburgo, donde había llegado a ser docente gracias al maestro, se atacó al profesorado judío. Su antiguo amigo fue aislado, privándosele del acceso a la biblioteca institucional, por lo cual no dudó en sentirse traicionado. El brillante alumno ni siquiera asistió al entierro de quien lo había valorado bastante en sus años estudiantiles.
Si bien, aun cuando Ernst Nolte y otros biógrafos se esfuercen por moderarla, esa deslealtad de Heidegger no admite discusión en el plano político o cívico, tal vez sea la única condenable. Ocurre que, antes de la llegada del nazismo al poder, ya se había producido una perfidia o, mejor aún, un cuestionamiento profundo al maestro. Sus ideas habían dejado de ser esclarecedoras, hasta cuando hablaba de temas fenomenológicos. Lo criticó de manera creciente, pudiendo concluirse que, para él, los conceptos empleados por Husserl merecían una reconsideración. Con todo, respecto a las ideas, hay aquí un gran trabajo del profesor. Es que, si, como educadores, aspiramos a forjar mentes autónomas, la mejor prueba de aquello es tener un discipulado contestatario. Es verdad que no se puede partir de la nada, despreciando del todo los conocimientos anteriores, incluyendo aquéllos impartidos por nuestros docentes. Negarlo sería un disparate. Pero, una vez comprendidos esos fundamentos, puede asumirse una misión más grande, esto es, su revisión. Así, pueden remirarse nociones que parecían indeliberables, procurando su complementación o, en determinadas circunstancias, la rectificación. Conseguir que se asuma tal tarea es la evidencia de un magnífico ejercicio del magisterio. Fue lo que, respecto a las objeciones aristotélicas, también pudo haber sentido Platón.
Por supuesto, no basta con advertir la multiplicación de alumnos insumisos para proclamar el espléndido nivel del educador. Lo que se busca es una crítica tan ilustrada cuanto esclarecida. No es una tarea de menor tamaño; empero, si fuera exitoso, el proceso educativo debería conseguirlo. Es uno de los aspectos que se puede tomar en cuenta al reflexionar sobre ese tema. Por fortuna, quienes colaboran en este número de la revista contribuyen a enriquecer su análisis. Huelga decir que no se anhelan lectores devotos, sino, por lo contrario, críticos y desleales.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Percontari Nº 15


La ilusoria pretensión del control absoluto

Es erróneo suponer que la moderación resulta siempre positiva. Ocurre que, a veces, las pretensiones elevadas, incluso de apariencia imposible, pueden ser tan memorables cuanto beneficiosas. No descarto que, casi de manera regular, las personas se hayan topado con malos ejemplos al respecto. Los deseos de tener el poder absoluto, verbigracia, han dejado en lo pasado razones válidas para justificar su censura. Puede usar un tono modesto, hasta de sometimiento; sin embargo, tarde o temprano, la megalomanía del gobernante nos tendrá como víctimas. En este sentido, cabe tener reparos cuando aspirantes al ejercicio del mando, de cualquier nivel, dejan advertir su predilección por lo absoluto. Despreocuparse de tales riesgos equivale a consentir nuestra paulatina sumisión. Con todo, tal como lo señalé al comienzo, es también posible que los anhelos de gran envergadura puedan juzgarse positivos.

Ciertamente, no es lo mismo ansiar todo el poder que procurar la sabiduría en cualquier campo. Este segundo caso nos coloca en una situación que, para quienes aprecian la razón, puede calificarse de admirable, aunque, al final, reconozcamos su carácter ilusorio. Subrayo esto último porque, salvo para los creyentes, la omnisciencia es un atributo que nadie posee. No obstante, en distintas épocas, hallamos personas que tienen ese propósito intelectual. Lo pueden hacer por gusto, ya que, al menos, la búsqueda genera placer, pero también impulsados por otro motor: el orden. Pasa que, desde su perspectiva, el conocimiento debe servir para tener certezas, permitiendo planes rigurosos y, en definitiva, control de nuestra realidad. Imperando esta creencia, se rechaza todo vacío, cualquiera de las inseguridades que nos imponga el destino. Porque son obstáculos que desencadenan inestabilidad, desequilibrios, más aún, descontrol. Recordemos que, por sus lazos con las incertidumbres, no todos los individuos gustan de la libertad. 

En El mito de Sísifo, Albert Camus reflexiona sobre cómo las personas se frustran frente al silencio del mundo ante nuestra pretensión de total comprensión. Nos gustaría conocer el universo entero, someter al escrutinio de la razón desde las nimiedades hasta los fenómenos más importantes. Quisiéramos tener esa comprensión omnímoda, ordenando cada uno de los elementos que se nos presentan y, por tanto, evitando reveses e imprevistos desagradables. El problema es que tenemos limitaciones, las cuales son irremediables. Así, lo más sensato pasaría por aspirar a tener condiciones que nos ofrezcan cierta estabilidad. Es un fin modesto, pero puede calificarse de aceptable. Todo lo demás nos superaría. Es una de las conclusiones que, compuestos con el mejor ánimo, nos ofrecen los textos del presente número. Se deja constancia del deseo de que su lectura sea provechosa. Por cierto, para examinar su contenido, usted puede seguir el orden que le parezca mejor. No faltaba más.