jueves, 27 de febrero de 2020

Percontari N° 24

¿Por qué cabe apreciar los derechos humanos?

En una conferencia de 2004, Alain Badiou explicó que, mientras la injusticia es clara, la justicia resulta oscura. Lo menos arduo sería identificar hechos injustos. Tenemos aquí la ventaja de contar con personas que sufren, diciendo cómo su vida, libertad o propiedad es perjudicada. En la justicia, por el contrario, no hay víctimas. Por consiguiente, al procurar su definición, nos topamos con distintos enfoques, teniendo diferentes vías para concebirla de manera satisfactoria. Sin embargo, cometeríamos un error si creyéramos que la calificación de injusto está exenta de controversias. Porque no todos quienes se proclamen damnificados u ofendidos merecerán ese reconocimiento. De modo que, para manifestarnos sobre cualquiera de tales situaciones, sería necesario usar algún criterio gracias al cual nuestros debates tuvieran un marco en común. En este afán, se podría proponer la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada hace más de 70 años.
Si la filosofía política comprende el cuestionamiento del poder, los derechos humanos son un medio efectivo para consumarlo. En su nombre, criticaremos al Estado, el Gobierno y las leyes, partiendo de los postulados consagrados por Naciones Unidas. En otras palabras, siguiendo esta línea, los hombres se sienten impelidos a buscar la justicia política, un tema que ha sido considerado por varios pensadores, desde Aristóteles, pasando por Rawls, hasta, contemporáneamente, Höffe. Se trata de una reflexión que permite fijar límites a las autoridades, exigir determinadas actuaciones o requerir condenas contundentes contra quienes han despreciado nuestra humanidad. Por cierto, se hable de naturaleza o, como sostenía Hannah Arendt, condición humana, lo fundamental es que reconozcamos un elemento sin el cual muchos oprobios serían imperceptibles: la dignidad.
Consiguientemente, los derechos humanos posibilitan que rechacemos aquellos actos que son injustos e indignantes. Con todo, no es un propósito que se podría realizar sólo en el lugar donde uno ha nacido o, si fuera el caso, reside. No existe ninguna frontera que sirva para liberar a un régimen cualquiera, presente o futuro, de las críticas lanzadas al respecto. Es una consecuencia de su carácter universal, un atributo que ha sido siempre aborrecido por quienes invocan la soberanía, el amor al suelo patrio, pero para evitar una condena del partido reinante. Así, las tiranías niegan que algún otro Estado, coalición o entidad supranacional pueda entrometerse en sus asuntos internos, aunque éstos conlleven procesamientos sin garantías mínimas y ejecuciones extrajudiciales. Si dependiera de esos nocivos gobernantes, no habría Declaración alguna que respetar, sea en su territorio o afuera.
Salvo excepciones, todos somos capaces de conocer y valorar positivamente las facultades indicadas en ese valioso documento del año 1948. Esto sería posible porque, en teoría, nos corresponde la condición de seres racionales. En efecto, merced a esta cualidad, uno se daría cuenta de su importancia para nuestra convivencia. Nada más razonable que establecer un conjunto de condiciones básicas, inherentes a todo individuo, por las cuales el poder quede limitado. Es una situación por la que uno debe sentirse llamado a obrar, pues pasar de la moderación del mando, un avance positivo, al sometimiento irrestricto resulta indeseable y, además, retrógrado. Aun cuando los gobernantes anuncien el agotamiento de su vida entera para favorecernos, no conviene dejarlos sin restricciones. Es lo que, cuando pensamos en el derecho, puede señalarnos la reflexión filosófica. Por supuesto, abre apenas las variadas inquietudes que son expuestas a lo largo de las siguientes páginas.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Percontari N° 23


Los avatares de la razón económica

En una biografía sobre la Escuela de Frankfurt, Martin Jay observa el desprecio sentido por sus representantes hacia temas económicos. En efecto, tanto Horkheimer como Adorno, por ejemplo, no se dedicaron a profundizar al respecto. Es cierto que un pensador puede optar por concentrar sus recursos en una materia determinada, como la cultura, creyendo prescindible lo demás. El problema es que, cuando se pretende la crítica de todo un sistema, cuyo elemento económico resulta fundamental, su indagación debe ser forzosa. No se trata de quitar mérito a otras reflexiones que hicieron; el punto es subrayar una deficiencia nada menor. Hubo otros autores que caminaron por esos mismos pagos. Recuerdo que, cuando Régis Debray carga las tintas contra Louis Althusser, antiguo maestro, destaca su ignorancia en ese campo. Según su desencantado alumno, el autor de Para leer El capital desconocía decididamente la economía. Sin embargo, esa impreparación no impidió lanzar desde juicios hasta pronósticos contundentes.
Pero hubo igualmente aprecio por esa clase de cuestiones que, sin duda, conciernen a nuestra convivencia. De hecho, la economía como ciencia fue posible gracias a un distinguido pensador, Adam Smith. En su época, la cátedra de filosofía moral que ocupaba contemplaba diferentes áreas del saber, incluyendo economía política. Así, ejerciendo el profesorado, razonando, investigando, contribuiría a consolidar una disciplina que ya no cabe desdeñar en absoluto. Hume, su gran amigo, había asumido también esa tarea; varias de las páginas que escribió evidencian cuán serias eran sus preocupaciones. Más adelante, hallamos a John Stuart Mill, que, al margen de discurrir sobre la libertad, analizó el socialismo, considerando su viabilidad económica, entre otros enfoques. Desde luego, no puede faltar la evocación de Karl Marx. Allende las refutaciones que merezcan sus dictámenes, no se podría negar su esfuerzo por entender la economía. No le faltó, pues, voluntad para el estudio, aunque nunca garantiza esto que lleguemos a buen puerto.
Contemporáneamente, la economía continúa siendo objeto de análisis filosóficos. Distintos pensadores sirven para probarlo. Hay quienes, como Mario Bunge, discuten su carácter científico. Por otro lado, encontramos individuos a los que les interesa, además de ahondar en sus diversos aspectos, proponer cambios sociales en donde lo económico sea indispensable. Obras de Amartya Sen, Michael Novak y Alex Rosenberg, entre otros autores, permiten que notemos la vigencia del interés intelectual. Por supuesto, con la caída del Muro de Berlín, las reflexiones que poseen talante crítico nos colocan frente a detractores y defensores del liberalismo. Existen también los que, como algunos posmodernos, prefieren un nihilismo capaz de conducirnos hacia la paralización más perniciosa; conforme a esta posición, ningún cambio, acción o cuestionamiento justificaría nuestro respaldo. La desgracia, para estos últimos sujetos, es que su desinterés puede ser aprovechado por quienes, sin reflexión previa, impongan creencias, volviéndose éstas populares, poniendo en peligro todo bienestar.
Por lo anterior, con seguridad, puede hablarse de una razón económica que no podría ser relegada cuando pensamos en la filosofía. Obviamente, nuestras disquisiciones tienen más de una óptica para explotar. De este modo, podemos toparnos con miradas ontológicas, gnoseológicas, éticas y filosófico-políticas, por citar algunos casos, que ayuden a su consideración. Es lo que puede advertirse gracias a los ensayos contenidos en este número. Reiteramos el deseo de que su lectura le resulte provechosa o, aunque sea, indigna del bostezo.

martes, 27 de agosto de 2019

Percontari N° 22

Animales culturales

¿Qué es el hombre? Sin lugar a dudas, se trata de una inquietud que nos acompaña desde tiempos antiguos. En efecto, desde Platón, con su propuesta de “bídepo implume”, que, recurriendo a una gallina desplumada, fuera ridiculizada por Diógenes, hasta, actualmente, por los avances neurocientíficos, Dick Swaab, quien nos reduce al cerebro, la pregunta sigue siendo provocadora. Así, el catálogo de respuestas que se han aventurado al respecto es tan generoso cuanto variado. Por citar otro caso, pienso en Steven Pinker, puesto que, al reflexionar sobre la naturaleza humana, él destaca nuestra condición de moralistas. Conforme a su perspectiva, esta sería una de las características que resultarían significativas para distanciarnos del resto. Porque, aunque haya algunos aspectos de cierta moralidad en primates, por ejemplo, queda claro que, cuando existe complejidad, esta valoración del obrar nos reconoce como incomparables practicantes. En este sentido, la ética serviría con el fin de conocer qué somos.
En 1994, explotando una postura que tiene diversos seguidores, Carlos París publicó su libro El animal cultural. Con seguridad, la calificación que atribuye al ser humano es un acierto. Es que somos hacedores de cultura. No hay otros responsables de haber llevado a cabo esa obra, una que complementa, rectifica o incluso anula lo recibido por la naturaleza. No se discute la importancia de nuestra constitución innata, en donde hallamos el legado del homo sapiens, los factores genéticos, entre otros elementos. Empero, además de tal herencia biológica, así como del medio en el cual nos desenvolvemos, que, aunque lo pretendamos rechazar, deja sentir su injerencia, contamos con nuestra propia producción.
Aludo a todo aquello que se ha inventado para vivir y, por otro lado, convivir. Reconozco que la supervivencia puede ser facilitada por los instintos, es decir, gracias a lo natural. Sin embargo, con las creaciones y prácticas culturales, lo que se procura es mejorar ese estadio primigenio. En otras palabras, no se trata de tener cualquier vida. Por este motivo, históricamente, una persona culta es concebida como alguien ilustrado, pero también, debido a esos conocimientos, capaz de tomar las mejores decisiones, sea a nivel privado o público. Desde esta perspectiva, ser culto debe entenderse como algo meritorio, ya que quien lo fuera desarrollaría sus potencialidades, tanto intelectuales como artísticas, por citar algunas, del modo más óptimo posible.
Asimismo, la cultura podría favorecer a nuestra convivencia. No propongo que, si dos individuos escucharan a Mozart, se dejaran deslumbrar por Miguel Ángel o leyeran al enorme Goethe, los problemas sociales desaparecerían de forma definitiva. Ninguna exquisitez del espíritu garantiza que nuestras actuaciones queden libres de todo error, el cual, en determinadas circunstancias, podría importunar al semejante. Porque el conflicto, desde lo más íntimo de cada uno, con las contradicciones ordinarias que nos acechan, se reproduce a escala grupal. No obstante, uno cree que, aproximándonos y, peor aún, regodeándonos en su opuesto, la incultura, resulta muy poco probable la llegada de tiempos agradables. Pasa que, pese a las críticas despertadas por su concepción clásica, aquella donde no existe pluralidad ni tampoco relativismos, considerarla para guiar nuestras vidas merecería ser calificado de positivo. Nos ayudaría, pues, a establecer un vínculo en virtud del cual la condición humana sea mirada de otra manera.Ésta es apenas una de las líneas que pueden ser advertidas en los siguientes textos, cuya lectura se agradece con antelación.

lunes, 27 de mayo de 2019

Percontari N° 21

El contraproducente rechazo a la política




Según Hannah Arendt, durante las distintas épocas, hubo pensadores que intentaron controlar la política, evitando cualquier desestabilización relacionada con esa dimensión de nuestra realidad. Aun cuando las luchas por el poder, así como la ejecución de cambios exigidos en cada tiempo, conforman lo esencial del ámbito político, Platón, Marx y otros autores tuvieron la pretensión de acabar con esas disputas. En efecto, ellos preconizaron que se instaurara un orden definitivo, gracias al cual lo concerniente a los asuntos públicos ya estuviese resuelto. Liquidadas esas preocupaciones, los hombres podrían dedicarse a tareas diferentes, ahorrando desgastes que acostumbran generar más angustias que beneficios. Pero olvidaron que su deseo de organización plena es incompatible con la naturaleza del individuo, quien, si tiene una mente sana, no se limitará a ocupar un solo espacio para satisfacer sus profecías.
El rechazo a lo político no es una rareza que sea exclusiva del pensamiento de algunos filósofos. Es cierto que, desde su óptica, se ofrecen razones para respaldar este punto de vista. Existe una labor teórica que, allende sus debilidades, es útil a fin de iniciar debates al respecto. No obstante, la regla es que las críticas sean lanzadas sin meditaciones de por medio. Como pasa en incontables terrenos, los cuestionamientos están privados de racionalidad. Al margen de aquello, pueden identificarse posturas que encuentran prescindibles los conflictos propios de la política. Debido a las consecuencias que originan en una sociedad, conviene reflexionar acerca de estos posicionamientos.
Vale la pena recordar lo aseverado por defensores de utopías, tecnocracias y cualquier aspiración de laya totalitaria, sea laica o religiosa. Sólo en esos escenarios, tan ilusorios cuanto nocivos, podría desecharse la política. Los proyectos que versan sobre una estructura perfecta, en la cual no hay lugar para las disensiones, tornan innecesaria esa clase de actividades. Lo único posible sería el respeto a un sistema que, con rigidez antinatural, fue diseñado para normar al conjunto de ciudadanos. Deberíamos saber que esa estabilidad que ofrecen tiene como contraprestación la libertad. Solamente cuando ésta es pulverizada, el sueño de un ordenamiento impecable resulta factible. Por otro lado, amparados en discursos de tipo administrativo, mostrando desprecio hacia las pugnas entre doctrinas, existen sujetos que se presentan también como salvadores. Presumen que un hombre puede ser desprovisto de sus ideales. El problema es que nuestra convivencia no se regula con guías asépticas, tecnocráticas; sus normas deben encaminarse a la búsqueda de fines superiores.
La política no es tampoco bienvenida entre muchos de quienes se reconocen como artistas. Son incalculables los que, presentándose así, no tienen ningún interés en las cuestiones del Estado y la sociedad. Tontamente, presumen que su apatía los librará de las abominaciones ocasionadas por el régimen. Hasta el cansancio, algunos individuos que componen tal fauna han expresado su predilección por una realidad en la cual no haya esos afanes del poder. Deben entender que, por ese desdén, pueden triunfar candidatos dispuestos a extinguir su sosiego. Llegado el momento de la perversión del gobernante, todos los seres humanos, tanto apasionados como indiferentes a sus ministerios, podrán convertirse en víctimas. Tal vez las siguientes páginas puedan servir para persuadirlos, o a cualquier ciudadano, de albergar estas inquietudes.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Percontari N° 20

Nuestra vida y el rigor científico



En un curso que comenzó el año 1929, Ortega y Gasset se preguntaba sobre las razones humanas para conocer. No siendo dioses omniscientes ni, en teoría, animales inconscientes de su ignorancia, valía la pena formularnos esa cuestión. Desde Aristóteles, se sostiene que, por naturaleza, el hombre tiene un afán de conocer, una inclinación favorable a ello. Huelga decir que la conducta de mucha gente refuta esta tesis con espantosa frecuencia. No obstante, al autor de Meditaciones del Quijote le preocupaba terminar con esa inquietud, buscando una respuesta que fundamente nuestros quehaceres en dicho ámbito. Así, se afirmó que las personas conocían para tener seguridad vital; en otras palabras, necesitaban ciertas convicciones, creencias, verdades, las cuales son demandadas por un oficio tan importante como vivir.
    Gracias al impulso de Francis Bacon, entre otros mortales, la ciencia moderna ha servido para identificar diversos problemas y, además, resolverlos. Debido a sus éxitos, aunque haya generado también frustraciones, se la considera una vía óptima para aproximarnos a la verdad y, en suma, obtener esas certezas que ayudan a existir. Empero, encontramos otros medios que son útiles para lograr ese objetivo. Sucede que, en el cometido de alcanzar certidumbres que un individuo precisa para vivir, se puede recurrir a caminos claramente distanciados del científico. Desde luego, esto podría ocasionar críticas, pues se trataría de una vía falsa, un sendero que no cuenta con los requisitos fijados para su respeto en ese campo. Surge así la acusación de seudociencia, en donde, ante todo, debe censurarse el engaño. Porque hay teorías que se presentan como científicas, pero no son sino estafas, medios para empobrecer a personas necesitadas de ilusión, poniendo en riesgo hasta su vida.
    Ahora bien, si no fuese una impostura científica y se tratara de un ideario para entender mejor al ser humano, ¿cuán desautorizados serían sus planteos? Negar toda validez en estos casos, por no seguir una vía eminentemente científica, lleva a un extremo: el cientificismo. No todas las actividades que se relacionan con nuestro conocimiento deben aspirar a la estrictez del físico, astrónomo, etcétera. Para entender a un individuo, incluso consolarlo, no parece imprescindible el rigor metodológico. Ruego que no se piense en un alegato a favor de la incultura más grosera, pues es siempre necesario ampliar los saberes. Sería idiota tratar de quitar autoridad a la ciencia o, peor aún, reivindicar tonterías como la homeopatía. Es obvio que, si, para sobrellevar una depresión, se aconseja violentar la ley de gravitación universal, podemos causar un daño irreparable. El tema es que, por el solo hecho de carecer del método de las ciencias exactas, naturales, o aun sociales, un conocimiento no debe ser excluido de nuestras deliberaciones.
    Finalmente, destaco que, en la propia filosofía, varios autores han cuestionado que, como no se tiene rigurosidad científica, sus aseveraciones se consideren innecesarias, invalidando a la metafísica, por ejemplo. De este modo, se intentó la consagración de un imperialismo que, como pasa en cualquier campo donde esta perversión sienta presencia, resulta negativo. Es irrebatible que la disciplina de Sócrates no cuenta con las exactitudes del matemático o esas predicciones que aventuran otros teóricos; sin embargo, esto impide juzgarla inútil. Tenemos todavía interrogantes, más aún en nuestra vida íntima, que sólo esa labor de los pensadores puede ayudar a contestar. Tal vez, si hay fortuna, las páginas que siguen a continuación contribuyan a pensar más al respecto.

martes, 27 de noviembre de 2018

Percontari N° 19


En pos de una comunicación original y ejemplar

Dejándolo de manifiesto en cuantiosas oportunidades, Bertrand Russell fue un filósofo que se distinguió por el sentido del humor. Estuvo lejos de quienes conciben el pensamiento como un oficio que, para su ejecución, exige ceños fruncidos, mirada penetrante y, entre otros requerimientos, censurar cualquier gracia. En una ocasión, evidenciando dicha virtud, dijo que jamás había escrito sobre estética porque no tenía dominio del tema, ignorándolo de forma significativa; sin embargo, complementando la explicación, aclaró que, según algunos colegas, eso nunca le había impedido reflexionar sobre otros múltiples asuntos. Pasa que, durante su dilatada existencia, pensó acerca de diferentes terrenos del saber, llegando incluso a protagonizar debates e instigar a la rebeldía en varias áreas. Habló, pues, de diversas cuestiones, pero dejó sin examen propio esa esfera en que la belleza y, por supuesto, el arte son fundamentales. Por suerte, otros como Kant, Hegel y Alain fueron más osados.
Contemporáneamente, los razonamientos en torno al arte pueden remitirnos al estudio de muchos autores. André Comte-Sponville es uno de los pensadores que ha escrito al respecto. Lo hace de forma pedagógica, clara, provechosa, como siempre. Destaco que, para él, los elementos que resultan indispensables para hablar de una obra maestra son dos, a saber: originalidad y ejemplaridad. El primer requisito nos aleja de la imitación, aun cuando ésta sea notable; por tanto, no podríamos ofrecer al prójimo algo que ya hubiese conocido. No se trata de alentar las rupturas radicales, revolucionarias; ser original no implica abolir el pasado. Por otro lado, esa creación artística debería ser ejemplar, despertando admiraciones, así como suscitando otras reacciones positivas, efectos mediante los cuales las personas puedan advertir cómo es vencida su indiferencia. De esta manera, se reconoce un componente fascinador en ese tipo de hazañas.
En definitiva, el desafío tiene que ver con ser tan singulares cuanto dignos del aprecio ajeno, sea racional o emotivo. Conforme a este parecer, el artista no podría ser presentado como agente que combina misantropía con cierta consciencia de lo bello. Su producción, como señala Sartre cuando habla de la literatura, no se agota en el concepto del soliloquio. Por consiguiente, la comunicación con su semejante será parte de sus designios, aunque sin desdeñar las formas, los modos, el estilo. No es un propósito que se pueda conseguir con facilidad. Quizá por esto quienes son reconocidos allí como genios sean tan pocos. Aludo a personas que han podido comunicarse —aún hoy, varios siglos después de su deceso— con la mayor de las eficacias posibles. Es cierto que pertenecen a nuestra misma especie; no obstante, ante su obra, como pasa con Leonardo, uno se siente gratamente inferior. En cualquier caso, ésta es apenas una de las perspectivas que nos depara el arte. Las páginas que constituyen este número sirven para evidenciar cuán distintos son los criterios en ese ámbito.

lunes, 27 de agosto de 2018

Percontari N° 18


Del inestable motor de la historia

En 1968, al concluir su monumental trabajo sobre los distintos momentos, estadios o eras que atravesó nuestra civilización, Will y Ariel Durant publicaron Las lecciones de la historia. Hasta antes de su lanzamiento, habían escrito diez tomos, ofreciéndonos un análisis del pasado occidental que resultaba tan variado cuanto provechoso. Sin embargo, desde su óptica, era necesario reflexionar al respecto, pensar acerca de las enseñanzas que habrían dejado quienes nos antecedieron. Así, merced a los aciertos e innumerables equivocaciones del hombre, concebíamos la posibilidad de contar con una enorme maestra. Porque no tenemos el grado de originalidad que muchos suponen; al contrario, cuantiosos problemas nos persiguen desde los primeros tiempos, por lo cual, mirando hacia atrás, podrían servirnos para evitar reincidencias.
Pero concebir la historia como una pedagoga no es el único modo de hacerlo. Es igualmente posible que la entendamos como un proceso gracias al cual una sociedad se desarrolla. En este caso, al revisar el pasado, contemplamos una serie de acontecimientos que pueden ser asociados entre sí, presentándosemos como un conjunto más o menos coherente, útil para evaluar los cambios suscitados hasta hoy. Ocurre que, aun cuando el conformismo de numerosos sujetos lo haya deseado, la realidad social no ha permanecido invariable. Tenemos, pues, modificaciones de toda naturaleza que contribuyeron a mejorar, así como, en ciertos casos, empeorar, nuestra convivencia. Salvo que nos limitemos a propugnar una visión teológica, cabe reconocer al ser humano como único responsable de tales vicisitudes. Esto último conlleva la necesidad de considerar diversos factores, móviles que pueden influir en sus decisiones.
Es que, aunque seamos los autores exclusivos de cada experimento social, con sus bondades e infortunios, no hemos sido impulsados por una sola causa. Yo sé que a más de uno le gustaría creer en un pasado marcado profundamente por la racionalidad. Lo cierto es que, si bien nos ha acompañado en varias oportunidades, su ausencia fue asimismo significativa. En este sentido, tenemos cambios que han operado por mandato de la razón; empero, el pasado puede ser también humillante. Me refiero a tonterías, absurdos y dislates que han movido al prójimo, conduciéndolo hasta el encumbramiento de viles autócratas. Nos ayudó la luz, con seguridad, mas sin que aquello implique liquidar cualesquier tinieblas. Dejarse guiar por los sentimientos, las emociones y la pasión no ha servido para evitar ese funesto destino.
Desde la Edad Antigua, con Heráclito, el cambio se halla ligado a la violencia. Si examinamos lo que ha sucedido en los diferentes siglos, no podremos sino admitir la validez de su vinculación. Recordemos los innúmeros conflictos, batallas, guerras, golpes, revueltas y revoluciones: la fuerza produjo alteraciones de toda índole. No obstante, además del combate, nos encontramos con la cooperación. Debemos desconfiar de los reduccionismos que tengan estas características. El hombre no es un ser angelical, pero tampoco demoniaco; por tanto, sus obras, incluyendo la historia, deben ser estudiadas bajo esa premisa. Queda la ilusión de que el contenido del presente número pueda servir para reflexionar al respecto, entre otros temas ligados al pasado.

domingo, 27 de mayo de 2018

Percontari Nº 17




Por el conocimiento sobre la revelación


Si un filósofo se caracteriza por buscar autónomamente la verdad, empleando sus propios recursos, reflexionando sobre diversos temas que juzga relevantes, las explicaciones tan externas cuanto irracionales le resultarán indeseables. En este sentido, no debería bastarle con las respuestas que fuesen lanzadas por instancias o círculos accesibles sólo gracias a la revelación. Es cierto que, mientras transitamos por los caminos de una religión cualquiera, podemos ampliar nuestros conocimientos, incluso toparnos con saberes bastante útiles para vivir. Considerar que todas sus dimensiones son una calamidad es, por lo menos, una exageración. Sin embargo, hay un punto en el que no podemos mantener esa suerte de armonía. Porque, mientras el creyente recurrirá, en último término, a los dictados de la divinidad que merece su fe, nosotros nos rehusaríamos siempre a convalidar esa situación. Aun cuando la razón nunca nos dará certezas definitivas, tal como pasa con las afirmaciones de una deidad, es producto del trabajo personal, uno que vuelve posible nuestro avance, aunque, a veces, sea éste demasiado vulnerable. Son, pues, suficientes esas conjeturas que abrigamos para sentirnos más o menos a gusto, tan libres cuanto falibles, y no, por el contrario, seguros del destino de mayor inflexibilidad.
Pese a situarnos en un escenario donde lo esencial es incompatible con ritos y demás quehaceres, decantarse por su desprecio sería un absurdo. Huelga decir que no es necesario ser creyente para preocuparse por los asuntos religiosos. Así como hubo hombres de fe, tales como Kant, Hegel o, hasta hace algunos años, Julián Marías, que discurrieron al respecto, también lo hicieron otros autores sin tales confesiones. Desde luego, existieron pensadores que asociaron la creencia con las instituciones levantadas en su nombre, criticando los vicios que cometían quienes tenían allí autoridad. De manera que las prácticas servían para cuestionar postulados propugnados por su religión. No obstante, hallamos asimismo posiciones militantemente ateas. El caso de Holbach es significativo, pero también, en nuestros días, los ataques lanzados por Michel Onfray. En su criterio, resumiéndolo, por generar problemas como el fanatismo y la intolerancia, impidiendo debates que contribuyan al mejoramiento de nuestra convivencia, no podríamos sino considerar a la religión como algo negativo.
Cuando la filosofía inquiere acerca de cuestiones signadas por lo religioso, podemos encontrar nuevos sentidos a lo ya conocido. Pasa, por ejemplo, en la lectura de Dostoeivski que López Aranguren hizo al escribir un ensayo publicado el año 1969.  Ahí, entre otras provechosas ideas, se analiza la diferencia entre milagro y fe, dos elementos que nos relacionan con el tiempo, tanto presente como futuro, respectivamente, resultando fundamentales para entender las actitudes de varias personas. Porque, aun cuando se llegará, sin excepción, al momento en que alguien invoque la revelación, el esfuerzo de buscar por esos lares mayores esclarecimientos será beneficioso. Esperamos que, teniendo ese propósito, los textos del presente número cuenten con sus más cordiales atenciones.


sábado, 24 de febrero de 2018

Percontari Nº 16


Pedagogía de la deslealtad

En su libro Lecciones de los maestros, George Steiner escribe sobre varias relaciones entre discípulos y educadores. A través de sus páginas, signadas por el encanto que suele distinguir la prosa del autor, nos encontramos con diferentes parejas; algunas son literarias, pero hay también filosóficas. Un caso que resulta llamativo es el de Martin Heidegger. Sucede que, en principio, fue alumno de Edmund Husserl; es más, sin su fenomenología, Sein und Zeit jamás habría sido escrito. No es casual que la primera edición estuviese dedicada a su entonces entrañable profesor. Sin embargo, con el paso del tiempo, su distanciamiento de las enseñanzas que había recibido sería cada vez mayor. No sólo hubo desapego intelectual, sino también desamparo. En efecto, cuando ejercía el rectorado de la Universidad de Friburgo, donde había llegado a ser docente gracias al maestro, se atacó al profesorado judío. Su antiguo amigo fue aislado, privándosele del acceso a la biblioteca institucional, por lo cual no dudó en sentirse traicionado. El brillante alumno ni siquiera asistió al entierro de quien lo había valorado bastante en sus años estudiantiles.
Si bien, aun cuando Ernst Nolte y otros biógrafos se esfuercen por moderarla, esa deslealtad de Heidegger no admite discusión en el plano político o cívico, tal vez sea la única condenable. Ocurre que, antes de la llegada del nazismo al poder, ya se había producido una perfidia o, mejor aún, un cuestionamiento profundo al maestro. Sus ideas habían dejado de ser esclarecedoras, hasta cuando hablaba de temas fenomenológicos. Lo criticó de manera creciente, pudiendo concluirse que, para él, los conceptos empleados por Husserl merecían una reconsideración. Con todo, respecto a las ideas, hay aquí un gran trabajo del profesor. Es que, si, como educadores, aspiramos a forjar mentes autónomas, la mejor prueba de aquello es tener un discipulado contestatario. Es verdad que no se puede partir de la nada, despreciando del todo los conocimientos anteriores, incluyendo aquéllos impartidos por nuestros docentes. Negarlo sería un disparate. Pero, una vez comprendidos esos fundamentos, puede asumirse una misión más grande, esto es, su revisión. Así, pueden remirarse nociones que parecían indeliberables, procurando su complementación o, en determinadas circunstancias, la rectificación. Conseguir que se asuma tal tarea es la evidencia de un magnífico ejercicio del magisterio. Fue lo que, respecto a las objeciones aristotélicas, también pudo haber sentido Platón.
Por supuesto, no basta con advertir la multiplicación de alumnos insumisos para proclamar el espléndido nivel del educador. Lo que se busca es una crítica tan ilustrada cuanto esclarecida. No es una tarea de menor tamaño; empero, si fuera exitoso, el proceso educativo debería conseguirlo. Es uno de los aspectos que se puede tomar en cuenta al reflexionar sobre ese tema. Por fortuna, quienes colaboran en este número de la revista contribuyen a enriquecer su análisis. Huelga decir que no se anhelan lectores devotos, sino, por lo contrario, críticos y desleales.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Percontari Nº 15


La ilusoria pretensión del control absoluto

Es erróneo suponer que la moderación resulta siempre positiva. Ocurre que, a veces, las pretensiones elevadas, incluso de apariencia imposible, pueden ser tan memorables cuanto beneficiosas. No descarto que, casi de manera regular, las personas se hayan topado con malos ejemplos al respecto. Los deseos de tener el poder absoluto, verbigracia, han dejado en lo pasado razones válidas para justificar su censura. Puede usar un tono modesto, hasta de sometimiento; sin embargo, tarde o temprano, la megalomanía del gobernante nos tendrá como víctimas. En este sentido, cabe tener reparos cuando aspirantes al ejercicio del mando, de cualquier nivel, dejan advertir su predilección por lo absoluto. Despreocuparse de tales riesgos equivale a consentir nuestra paulatina sumisión. Con todo, tal como lo señalé al comienzo, es también posible que los anhelos de gran envergadura puedan juzgarse positivos.

Ciertamente, no es lo mismo ansiar todo el poder que procurar la sabiduría en cualquier campo. Este segundo caso nos coloca en una situación que, para quienes aprecian la razón, puede calificarse de admirable, aunque, al final, reconozcamos su carácter ilusorio. Subrayo esto último porque, salvo para los creyentes, la omnisciencia es un atributo que nadie posee. No obstante, en distintas épocas, hallamos personas que tienen ese propósito intelectual. Lo pueden hacer por gusto, ya que, al menos, la búsqueda genera placer, pero también impulsados por otro motor: el orden. Pasa que, desde su perspectiva, el conocimiento debe servir para tener certezas, permitiendo planes rigurosos y, en definitiva, control de nuestra realidad. Imperando esta creencia, se rechaza todo vacío, cualquiera de las inseguridades que nos imponga el destino. Porque son obstáculos que desencadenan inestabilidad, desequilibrios, más aún, descontrol. Recordemos que, por sus lazos con las incertidumbres, no todos los individuos gustan de la libertad. 

En El mito de Sísifo, Albert Camus reflexiona sobre cómo las personas se frustran frente al silencio del mundo ante nuestra pretensión de total comprensión. Nos gustaría conocer el universo entero, someter al escrutinio de la razón desde las nimiedades hasta los fenómenos más importantes. Quisiéramos tener esa comprensión omnímoda, ordenando cada uno de los elementos que se nos presentan y, por tanto, evitando reveses e imprevistos desagradables. El problema es que tenemos limitaciones, las cuales son irremediables. Así, lo más sensato pasaría por aspirar a tener condiciones que nos ofrezcan cierta estabilidad. Es un fin modesto, pero puede calificarse de aceptable. Todo lo demás nos superaría. Es una de las conclusiones que, compuestos con el mejor ánimo, nos ofrecen los textos del presente número. Se deja constancia del deseo de que su lectura sea provechosa. Por cierto, para examinar su contenido, usted puede seguir el orden que le parezca mejor. No faltaba más.

domingo, 27 de agosto de 2017

Percontari Nº 14

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Revolución e infelicidad

 

Conforme a lo expresado por Bertrand Russell, la felicidad puede ser concebida como una carencia de cosas que se desean. Lo normal es que la resignación frente a esta insuficiencia no sea sencilla. La cuestión se torna más compleja cuando quien debe reconocerla, desencadenando luego las consecuentes frustraciones, cree que sus virtudes son supremas, por lo que las limitaciones serían inaceptables. Es posible que, afectados por conocimientos inexactos, supersticiones o cualquier otra causa, los demás sujetos deban rendirse ante tal destino. Para estos hombres sin altura, acostumbrados a lo cotidiano, nada sería más razonable que admitir la imposibilidad de alcanzar alguna cumbre. Empero, la situación es distinta cuando pensamos en un revolucionario. En este último caso, la sola mención de que algo es inalcanzable puede producir indignación. No habría nada que se halle fuera del campo en el cual actúa; bajo su égida, la realidad jamás se convertirá en un obstáculo para ser feliz a cabalidad.
Toda revolución parte del conocimiento de una injusticia y, además, su correspondiente repulsa. Los que la protagonizan se enteran de una situación que contradice sus más profundas convicciones, dejándolos en un dilema: la complicidad o el cambio radical. La segunda opción surge porque no se trataría de un elemento accidental; en realidad, todo el sistema estaría también mancillado, envilecido. Las modificaciones de carácter parcial resultarían inadmisibles. Lo que se busca es un escenario inaudito, una sociedad en la cual ningún agravio vuelva a presentarse. Por supuesto, para lograr este cometido, desde Robespierre hasta Lenin, se ha invocado la razón. Si la inteligencia permitió que numerosas adversidades fuesen abatidas, debería servirnos para conseguir esa transformación. La desgracia es que ellos no tomaron en cuenta nuestras inseparables imperfecciones. No bastaba con haber leído El contrato social, engullido a Karl Marx o predicado cotidianamente las enseñanzas bíblicas: sus semejantes podían proceder de modo diferente. Es más, los futuros beneficiarios de su obra podrían querer un hado en el que nadie los obligase a ser impecables.
Insatisfechos con la vida teórica, varios filósofos se ilusionaron cuando alguna revolución llegó a su puerto. Pusieron entonces su ingenio, así como el malabarismo verbal, a disposición de quienes anunciaban la salvación del mundo. Ya conocían del fracaso de Platón en Siracusa; asimismo, entendían que, por distintos factores, las injusticias nunca desaparecerían del orbe. Mas no concebían la modesta idea de Amartya Sen, para quien debemos limitarnos a enfrentar las injusticias concretas, procurar su mitigación, siendo lo demás utópico. No, su pretensión era superior. Se perseguía la conclusión de cualquier conflicto. Imperaba la creencia de que las ideas servirían para iluminar al prójimo y resolver toda desavenencia. La decepción les llegaría luego, aunque sin el mismo impacto. En cualquier caso, haberse rendido así a esa tentación es un fenómeno que se ha considerado al elegir el tema del presente número. Esperamos que las siguientes páginas sean útiles para considerar distintos aspectos de esa quimera, no siempre política, desde luego.

sábado, 27 de mayo de 2017

Percontari Nº 13


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Frente al pesimismo y la candidez

En el análisis que realiza de la cultura occidental, Emmanuel Berl opta por negar igualmente autoridad a pesimistas y optimistas. Desde su perspectiva, las experiencias que hemos acumulado hasta el momento estarían en condiciones de motivar ambas posiciones. En efecto, así como, con facilidad, podemos encontrar más de una razón para subrayar la perversidad e infamia de los hombres, es también posible conmoverse frente a las acciones del prójimo. No negamos que hubo esa monstruosidad mayúscula de Auschwitz ni, menos todavía, las hambrunas o los abusos originados en el ejercicio arbitrario del poder. Cualquier época, incluyendo la de los Antoninos, tan apreciada por Gibbon y Octavio Paz, sirve para notar injusticias. Con todo, la mirada puesta en el pasado no conduce siempre a la decepción. Porque es asimismo factible que recordemos la celebración de armisticios, los derechos humanos, incluso las obras maestras, cuya existencia demuestra cuán valiosa puede resultar nuestra especie. El abandono y la censura del esclavismo, en su vigencia contemporánea, entre otras postura éticas, abonan una esperanza, así sea moderada, en lo venidero.
Pero el reconocimiento de mejores circunstancias en las cuales podamos desenvolvernos, sea como individuos, personas o ciudadanos, no debe implicar que olvidemos los riesgos del estancamiento y la regresión. No tenemos ningún mandato genético que, una vez aprendida la lección del genocidio, por ejemplo, descarte cualquier reincidencia en ese campo. Es verdad que la educación puede ser muy útil para evitar esas reiteraciones; se trata de transmitir una cultura favorable a nuestra convivencia, más aún, a cada hombre, libre y digno. No obstante, la iluminación en estas materias nunca termina, pues el error jamás se hallará fuera de nuestro alcance. Lo que puede alentar el cometido es la capacidad reflexiva de quienes nos acompañan en estos quehaceres impuestos por la vida. Por supuesto, no hay aquí sitio para la inocencia. Está claro que, en considerables casos, tener una discusión racional sobre diversos males, tanto presentes como pretéritos, puede ser inviable.
Es indudable que varias décadas del siglo XX alimentaron la desconfianza en el perfeccionamiento del hombre, quitando respaldo a quienes lanzaron sus entusiastas predicciones mientras nuestro avance parecía irreversible. En esta centuria, no tuvimos un gran inicio, puesto que, una vez más, la violencia y el dogmatismo dejaron sentir su presencia. Empero, este oscurantismo renovado, usuario de las nuevas tecnologías, pero asimismo favorecido por innúmeras frivolidades, debe ser considerado en su justa dimensión, sin dirigirnos a conclusiones erróneas sobre la realidad. Es uno de los propósitos que se persiguen en las siguientes páginas. Desde luego, existen párrafos que llevan la marca del optimismo, aunque también tienen el signo contrario; en cualquier caso, la crítica continúa siendo nuestro común denominador.

lunes, 27 de febrero de 2017

Percontari Nº 12


El desdén y la condena

En su Ocaso de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo, Nietzsche niega que alguien pueda presentarse ante nosotros y, con indiscutible autoridad, decirnos cómo debería ser el hombre. Pasa que, debido a nuestra vertiginosa diversidad, aunque no necesariamente rica en todas sus facetas, fijar una sola concepción es un absurdo. Solamente la soberbia, fomentada, desde luego, por el desconocimiento de lo elemental, así como el fanatismo, puede explicar esa pretensión uniformadora. Sin embargo, concordar con ese reconocimiento de variedad humana no tendría que conllevar el rechazo a cualquier coincidencia. No me refiero a las obvias similitudes que se presentan en el plano material, físico; más allá del cuerpo, encontramos también sitio para las semejanzas. Aludo a valores, principios e ideales que pueden merecer la defensa de dos o más personas, orientando sus relaciones, sustentado vínculos, pero también permitiendo marcar diferencias con el resto. Es más, siguiendo esta línea, podemos llegar a rebasar los límites de una exposición, del señalamiento sobre lo que debemos ser, cuestionando a quien no sea compatible con aquello.
Cuando, en una conferencia de 1945, reivindicó el carácter humanista del existencialismo, Sartre habló sobre cómo, al elegir, un individuo se convertía en legislador universal. Todas sus decisiones, al final, servían para forjar una concepción del hombre que se debía ser, gracias al cual pudieran incluso lanzarse juicios de valor. Conforme a Protágoras, ésa sería la medida de todas las cosas, el criterio para examinar y, además, condenar. Pero no se alude únicamente a las críticas, los cuestionamientos que afectan en singular. Hay asimismo la posibilidad de que juzguemos inaceptable una situación de índole grupal, social, nacional o hasta mundial. Así, teniendo presente una idea fundamental, es posible que el simple cercioramiento de lo diverso sea inaceptable.
Si bien hay pensadores y escuelas que lo rechazan, la existencia de hechos objetivamente inmorales, indispensables para notar lo injusto, es plausible; más aún, considerarla como una premisa para fundar nuestra convivencia no podría estimarse sino necesario mientras aspiremos a tener razonables normas en común. Los quebrantamientos que se dan al respecto, provocando desarmonías, además de afectar a cada sujeto, ponen en riesgo lo convenido para tener mejores días o, al menos, con no tan frecuentes conflictos, ofensas, injusticias. Entenderlo es, por ende, una labor que toca cumplir entretanto haya la intención de no quedarnos con la disyuntiva del desdén o el conformismo. En este número, los ensayos que siguen a continuación tienen el objetivo de favorecer una comprensión tan relevante como ésa. No hay el afán de procrear justicieros ni moralistas; bastaría con generar preguntas en torno al tema, rescatando sus aspectos individuales y colectivos, para que el quehacer se crea cumplido.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Percontari Nº 11


La negación de nuestra insuficiencia


En un texto sobre la tragedia griega, Castoriadis presenta a Prometeo como quien habría enseñado a los hombres que eran mortales. Tomar consciencia de una verdad como ésa no era irrelevante; por el contrario, en muchos casos, su percatación puede resultar difícil, incluso demoledora. En épocas que llevan la huella del optimismo, sea éste individual o colectivo, nada parece moderar nuestras pretensiones. Ciertamente, puede llegarse al exceso de creer que aun los obstáculos más colosales caerán frente a la voluntad, ante una entusiasta e invarible intransigencia. Con todo, cuando advertirmos que hay una barrera indeclinable, capaz de liquidar todos los sueños, nuestras dimensiones pierden su carácter fenomenal. Así, con rigor, se impone la humildad y, por tanto, las concepciones acerca del futuro se tornan modestas, razonables, realistas. Esto no quiere decir que, al ocurrir ese acontecimiento, hubiésemos perdido toda esperanza; salvo excepciones muy notables, aunque sea en niveles ínfimos, esa virtud nos acompaña siempre. Es más, su presencia puede distanciarnos nuevamente de la realidad, aunque nunca tanto como dos elementos sin los cuales muchas vidas resultarían incomprensibles: ilusión y fe.
No es necesario que alguien sea un amargado empedernido para formular quejas, lanzando insultos y obsequiando maldiciones, en contra de la realidad. Son incalculables las ocasiones en que nos damos cuenta de nuestras limitaciones. Porque no es sencillo resolver los distintos problemas que, en diferentes campos, se presentan a diario. Se requiere valentía para enfrentar esos desafíos, pero también mesura, una virtud que nos mantiene distantes de lo ilusorio. Lamentablemente, la tentación de caer en cualquier salida fantástica, gracias a cuyas atenciones los días ya nos parecen menos frustrantes, triunfa en numerosos casos. Son sus ejecutores quienes eludirán el reconocimiento de los límites que, por diversas causas, nos obligan a no engrandecer nuestras expectativas. En este sentido, nos plantearán que todo lo deseado es hacedero. No sólo esto. Porque ellos juzgarán imperativo que se produzca un cambio radical, una transformación merced a la cual todo lo pasado sea liquidado. Sin embargo, en la realización de ese cometido, tarde o temprano, entenderemos que ninguna perfección, peor aún social, nos tiene como titulares.

Desde Platón hasta Nozick, muchos filósofos se han ocupado de pensar en un orden o sistema perfecto. En más de una oportunidad, alentados por variados móviles, hubo autores que intentaron cubrir nuestras imperdibles falencias con sus ilusiones. Su apogeo y, cuando acomete la materialización del anhelo, el inevitable fracaso sirven para entender una particularidad que nos es propia, esa negación a aceptar, de buen gusto, defectos, miserias e incapacidades. En las siguientes páginas, éste y otros aspectos relacionados con la utopía serán considerados por quienes, empleando interesantes enfoques, nos colaboran con sus valiosos ensayos. Estamos convencidos de que, tras finalizar su lectura, no habrá dudas respecto a cuán humano resulta incidir en esa evasión.

sábado, 27 de agosto de 2016

Percontari Nº 10

La materia que nos distingue 

La regla es que toda persona tiene siquiera un momento, así sea fugaz, gracias al cual nota su singularidad. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz plantea que, cuando somos adolescentes, esta condición se nos revela, lo cual puede concebirse como un impacto mayor. Tomamos, pues, consciencia de que somos diferentes, pero también, como consecuencia del descubrimiento, nos sentimos solos. Una creencia como la de ser únicos, esencialmente irrepetibles, puede servir para el orgullo, aunque, por las exageraciones, causar también peligros. Pero esa certeza está asimismo en condiciones de conducirnos al desasosiego. Porque no todos los individuos se sienten a gusto con dicha condición; no encontrar seres con quienes haya coincidencias, aun en las desgracias, vuelve más pesadas las cargas que la vida nos impone. Por suerte, los elementos que nos unen a otros sujetos, aun cuando pertenezcan éstos a otras generaciones, distan bastante de ser falsos.
Encontrar lo que nos enlaza biológicamente con los demás es, sin duda, importante para entender nuestra naturaleza, pero resulta insuficiente. No se discute que, merced a la ciencia, el conocimiento de las particularidades del hombre haya sido provechoso, permitiendo, entre otros avances, sobreponernos a diversas enfermedades. Sería un absurdo negar que, durante los últimos siglos, esos exámenes del organismo, en distintos niveles, posibilitaron una comprensión más cabal de las conductas, decisiones y reacciones humanas. No obstante, allende lo físico, tenemos un patrimonio que nos hermana: la cultura. Tal como lo hace Michael Oakeshott, me refiero a todo aquello que, en las distintas épocas, hemos creado sin estar pensando sólo en la inmediatez del momento. Esas actitudes, comportamientos, así como experiencias e ideas, aun equivocaciones, constituyen un legado universal sin el que lo humano sería irreconocible. Porque, con esfuerzo, torpeza, ingenio y, ante todo, ganas de vivir, hemos complementado una realidad fisiológica, en resumen, para labrar nuestra propia esencia.

En diversas oportunidades, a menudo funestas, algunos mortales se han concentrado en acentuar las diferencias, pero no desde la perspectiva individual, sino grupal. Está claro que son incontables los criterios que pueden ser útiles para dividirnos. El reto está en propugnar lo que, sin provocar adhesiones irracionales, románticas y sectarias, sea adecuado para mejorar nuestra existencia, al igual que las relaciones con los semejantes. Es un fin de carácter ético que puede percibirse al leer las páginas del presente número. Afortunadamente, como notará usted, apreciado lector, quienes colaboraron en la entrega no consideran innecesario procurar el esclarecimiento de ese común denominador.

viernes, 27 de mayo de 2016

Percontari Nº 9


De la necesidad al riesgo

En un apunte de su Diario filosófico, escrito durante veintitrés años, Hannah Arendt explica que, aislado, el hombre es impotente. Conforme a esta idea, para el establecimiento del poder, sería imprescindible la relación con los demás, aunque sea tener una entre dos personas. Una vez constituido el vínculo, se presenta ese fenómeno que, sin duda, jamás será irrelevante. Sucede que, gracias a su ejercicio, las capacidades del individuo se multiplican, permitiendo una mejor satisfacción de nuestras necesidades. Es lo que hace posible la organización, concepto imprescindible para quienes desean una convivencia razonable. Huelga decir que, al exponer este panorama, se parte de una justificación consensuada, un marco aceptado tras deliberar al respecto, descartando imposiciones arbitrarias. Porque, aunque resulte indeseable, la fundamentación de ese orden, necesario para nuestros congéneres, puede tener otras características.
Es posible que un sujeto decida por otro, restringiendo sus alternativas o fulminándolas por completo, sin preocuparse de persuadirlo para ello. Esto puede darse desde un comienzo, recurriendo al uso más grosero de la fuerza, o después, valiéndose del asentimiento que se le había brindado cuando surgió el lazo entre ambos. Es importante resaltar que puede hilvanarse un alegato claro, coherente, aun metafísicamente denso, como pasó con Heidegger y el nazismo; sin embargo, esa legitimación racional procuraría encubrir algo más rudimentario: las ansias de oprimir. Por consiguiente, además de la lógica, el entendimiento del poder que se pide respetar, para lo cual se usan medios violentos, debe generar una reflexión ética. Librar de condiciones su empleo es un camino seguro al oprobio. En este sentido, toda pregunta sobre la obediencia es un mandato que demanda nuestro deseo de vivir sin ataduras infames.


Por supuesto, un tema como el del poder consiente más de una disquisición. No sorprende que, a lo largo de la historia del pensamiento, desde los sofistas hasta Habermas, por citar un caso contemporáneo, se hubiera explotado el asunto. En esta entrega, Percontari alberga textos que, considerando diferentes aspectos, aunque reflejando la importancia del ámbito político, procuran estimular su meditación acerca de tal concepto. Con seguridad, escrutar su vigencia en nuestra existencia es tan forzoso cuanto saludable. Si obráramos así, podríamos percatarnos de hallarnos en una situación que no cuenta con las bondades creídas hasta hoy. Es un logro que está en nuestras manos. La filosofía nos obsequia ese poder que descubre falsedades, pero también injusticias.

sábado, 27 de febrero de 2016

Percontari Nº 8


Insuficiencia del aislamiento

En Grecia, cuando emergió la filosofía para beneficio del género humano, se subrayó el valor de conocerse a uno mismo. Lo postulaba Sócrates, pero también otros pensadores que no encontraban una mejor vía para notar errores, advertir limitaciones y progresar como personas. Tal enseñanza implica, entre otras cosas, que cada individuo reflexione sobre sus decisiones, dejando sitio al espíritu crítico, cuya presencia en nuestras vidas resultará siempre útil. Así, apartándonos de los demás, podríamos descubrir verdades que juzguemos relevantes, incluso indispensables para ser felices. Recordemos que, solo, sentado frente a una chimenea, Descartes nos obsequió las bases del pensamiento moderno. La duda se constituyó entonces en el punto de partida, un comienzo que serviría para orientarnos, motivando resoluciones e impulsando cambios. Con todo, sería un error suponer que cualquier inquietud puede ser liquidada merced a ese aislamiento.
Según Émile Bréhier, el hombre racional no puede sino aceptar tres dimensiones. Efectivamente, mientras tengamos esa condición, debemos lidiar con el hecho de ser históricos, trascendentes y sociables. Esta última faceta es tan importante que, si la relegásemos, diversas necesidades, hasta las impuestas por nuestra subsistencia, serían insatisfechas. Por lo tanto, siendo dicha realidad ineludible, debemos pensar en cómo establecemos un marco gracias al cual los problemas comunes sean enfrentados del mejor modo posible, respetando principios éticos, lógicos y jurídicos, entre otros. En este sentido, aunque haya casos excepcionales, como quienes aspiran a ser ermitaños, la relación con los demás impone el tratamiento de varias cuestiones. Es ilusorio creer que ninguna determinación adoptada por las otras personas, dispuestas a regir nuestra convivencia, podrá perjudicarnos. El distanciamiento radical no es sensato ni, menos todavía, moralmente plausible.

En esta nueva entrega, hemos asumido el encargo de discurrir sobre la convivencia, un concepto que supera esa coexistencia meramente natural, instintiva, animal, pues conlleva una carga cultural de la cual somos responsables. Tal como lo constatará, los aportes que comprenden este número han explotado diferentes enfoques; no obstante, nunca deja de intentarse un tratamiento reflexivo del asunto. Se tiene hoy la idea de haber hecho un esfuerzo que justifique su consideración. Esperamos que coincida usted con este parecer y, lo más importante, se anime a razonar acerca de sus relaciones con las otras personas. Un futuro marcado por la concordia, o el conflicto, depende de aquello.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Percontari Nº 7

Entre la fascinación y el desprecio

Son pocas las palabras que han originado tantas reflexiones como la libertad. En distintos lugares y épocas, encontramos personas que la consideraron con diversos fines. Es que no ha sido solamente un término generoso para las meditaciones, los diálogos, el debate; la historia nos muestra su provecho práctico. Son incontables los sujetos que optaron por invocarla para procurar un cambio en la realidad. Aunque resultaba beneficioso teorizar al respecto, pues muchos de nuestros postulados lo precisan, su mera comprensión fue insuficiente. Así, se gestaron movimientos que, en su nombre, protagonizaron contiendas admirables, pero también consumaron abominaciones de la peor calaña, segando cuantiosas vidas. La Ilustración, con sus brillantes pensadores, y el jacobinismo, tan radical cuanto monstruoso, sirven para evidenciar ambas facetas.  No obstante, ni siquiera las peores cruzadas en su favor podrían restarle importancia, pues se trata de un aspecto básico, fundamental, hasta vital para nuestra existencia.
Exceptuando los casos en que se patrocina una postura sombría, cabe concebir la libertad como un elemento inherente a nuestra naturaleza. Esa línea marcada por Locke, Rousseau y Nozick, entre otros autores, es digna del amparo más firme. Correspondería, por lo tanto, que rechazáramos la esclavitud, cualquier tipo de servidumbre, así como todo dogmatismo, por ser profundamente contrarios a esa convicción. Por desventura, aun cuando se haya realizado una labor titánica para dotar a esa idea de un respaldo mayoritario, numerosos individuos no valoran tal proeza. Pasa que, si bien todos nacimos libres, esto no implica un aprecio unánime, una valoración positiva de dicha facultad. No me refiero sólo al desinterés sobre su conocimiento; ante todo, cuestiono la facilidad con que demasiada gente se decanta por menospreciarla frente al ejercicio del poder.

Es innegable que nuestro tema central puede ser trabajado desde distintas ópticas. En este número, usted advertirá que hay disquisiciones éticas, ontológicas, antropológicas, neurocientíficas, lingüísticas y, por supuesto, políticas, las cuales fueron formuladas para ofrecerle una lectura fructífera. Procediendo de este modo, es posible notar cuán variados pueden ser los ejercicios filosóficos que llevamos a cabo; empero, se hallan hermanados por su talante crítico. Quizá sea ésta la mejor forma de mostrar cuánto afecto sentimos por esa condición del hombre, cuya falta, sea ésta forzosa o voluntaria, será siempre indeseable. No experimentar ningún pesar por su ausencia es un camino seguro a la perdición.

jueves, 27 de agosto de 2015

Percontari Nº 6

Un vacío infatigable

Si, como ha sostenido Epicteto, la filosofía surge cuando nos percatamos de nuestra propia debilidad e impotencia, es fundamental que reconozcamos limitaciones en el campo del conocimiento. Somos criaturas que, aunque lo anhelemos, no tendremos la dicha (o desventura) de contar con todas las respuestas. Es una condición que no dejará de acompañarnos mientras agotemos la vida. Podemos recurrir al autoengaño, creernos descomunales mentiras sobre competencias personales, destrezas e ingenio; sin embargo, la realidad nos abofeteará en cualquier momento. Jamás podremos librarnos de preguntas que desnuden cuán monstruosa es nuestra ignorancia. Poco interesa un fenómeno tan corriente como el de la vanidad, pues un gran amor propio no es idóneo para volvernos sobrehumanos. Lo sensato es aprender a lidiar del mejor modo posible con esa particularidad, evitando miserias y exageraciones. Porque, incluso teniendo móviles muy nobles, se pueden cometer auténticas tonterías.
Montaigne criticaba el mero acumulamiento de información, saberes o conocimientos. La erudición no lo cautivaba; esa manía de atiborrar una mente con datos diversos, desde básicos hasta totalmente inútiles, le parecía reprochable. Aclaro que no lo afirmaba un troglodita, menos todavía una persona renuente al contacto con los libros; por el contrario, la lectura fue siempre uno de sus hábitos principales. Su malestar se presentaba cuando analizaba los despropósitos de un sistema educativo que, como sucede aún hoy, priorizaba la cantidad en lugar del nivel, calidad o provecho ligado al aprendizaje. Para el célebre autor de los Ensayos, esa vía seguida por numerosos profesores no podía sino resultar desastrosa. Así, se apreciaba el acto de conocer, pero era necesario llevarlo a cabo con mayor inteligencia.

Aun cuando los combates librados en contra de la ignorancia sean infinitos, no cabe abandonar su realización. Pasa que la lejanía de un destino es insuficiente para descartar su conquista. Debe hacerse lo posible por comprender mejor esa realidad del hombre, ese vacío que nunca podrá llenarse, pero cuya existencia puede servir para desafiarnos a diario, permitiendo nuestro crecimiento. En este número de la revista, mediante ideas tan variadas cuanto interesantes, se intenta realizar un aporte al debate sobre tal asunto. Una vez más, tratamos de incitarlo a reflexionar, persuadirlo del beneficio que traen consigo estas labores. No ignoramos la posibilidad de fracasar en dicho cometido; empero, estimado lector, preferimos correr ese riesgo a mantenernos en el silencio más descerebrado.