domingo, 27 de agosto de 2017

Percontari Nº 14

https://drive.google.com/file/d/0B_wfQk168D99Q2JISG5rR1F0djQ/view?usp=sharing
Revolución e infelicidad

 

Conforme a lo expresado por Bertrand Russell, la felicidad puede ser concebida como una carencia de cosas que se desean. Lo normal es que la resignación frente a esta insuficiencia no sea sencilla. La cuestión se torna más compleja cuando quien debe reconocerla, desencadenando luego las consecuentes frustraciones, cree que sus virtudes son supremas, por lo que las limitaciones serían inaceptables. Es posible que, afectados por conocimientos inexactos, supersticiones o cualquier otra causa, los demás sujetos deban rendirse ante tal destino. Para estos hombres sin altura, acostumbrados a lo cotidiano, nada sería más razonable que admitir la imposibilidad de alcanzar alguna cumbre. Empero, la situación es distinta cuando pensamos en un revolucionario. En este último caso, la sola mención de que algo es inalcanzable puede producir indignación. No habría nada que se halle fuera del campo en el cual actúa; bajo su égida, la realidad jamás se convertirá en un obstáculo para ser feliz a cabalidad.
Toda revolución parte del conocimiento de una injusticia y, además, su correspondiente repulsa. Los que la protagonizan se enteran de una situación que contradice sus más profundas convicciones, dejándolos en un dilema: la complicidad o el cambio radical. La segunda opción surge porque no se trataría de un elemento accidental; en realidad, todo el sistema estaría también mancillado, envilecido. Las modificaciones de carácter parcial resultarían inadmisibles. Lo que se busca es un escenario inaudito, una sociedad en la cual ningún agravio vuelva a presentarse. Por supuesto, para lograr este cometido, desde Robespierre hasta Lenin, se ha invocado la razón. Si la inteligencia permitió que numerosas adversidades fuesen abatidas, debería servirnos para conseguir esa transformación. La desgracia es que ellos no tomaron en cuenta nuestras inseparables imperfecciones. No bastaba con haber leído El contrato social, engullido a Karl Marx o predicado cotidianamente las enseñanzas bíblicas: sus semejantes podían proceder de modo diferente. Es más, los futuros beneficiarios de su obra podrían querer un hado en el que nadie los obligase a ser impecables.
Insatisfechos con la vida teórica, varios filósofos se ilusionaron cuando alguna revolución llegó a su puerto. Pusieron entonces su ingenio, así como el malabarismo verbal, a disposición de quienes anunciaban la salvación del mundo. Ya conocían del fracaso de Platón en Siracusa; asimismo, entendían que, por distintos factores, las injusticias nunca desaparecerían del orbe. Mas no concebían la modesta idea de Amartya Sen, para quien debemos limitarnos a enfrentar las injusticias concretas, procurar su mitigación, siendo lo demás utópico. No, su pretensión era superior. Se perseguía la conclusión de cualquier conflicto. Imperaba la creencia de que las ideas servirían para iluminar al prójimo y resolver toda desavenencia. La decepción les llegaría luego, aunque sin el mismo impacto. En cualquier caso, haberse rendido así a esa tentación es un fenómeno que se ha considerado al elegir el tema del presente número. Esperamos que las siguientes páginas sean útiles para considerar distintos aspectos de esa quimera, no siempre política, desde luego.

sábado, 27 de mayo de 2017

Percontari Nº 13


https://drive.google.com/file/d/0B_wfQk168D99Rm53QjE4R25KRFE/view?usp=sharing

Frente al pesimismo y la candidez

En el análisis que realiza de la cultura occidental, Emmanuel Berl opta por negar igualmente autoridad a pesimistas y optimistas. Desde su perspectiva, las experiencias que hemos acumulado hasta el momento estarían en condiciones de motivar ambas posiciones. En efecto, así como, con facilidad, podemos encontrar más de una razón para subrayar la perversidad e infamia de los hombres, es también posible conmoverse frente a las acciones del prójimo. No negamos que hubo esa monstruosidad mayúscula de Auschwitz ni, menos todavía, las hambrunas o los abusos originados en el ejercicio arbitrario del poder. Cualquier época, incluyendo la de los Antoninos, tan apreciada por Gibbon y Octavio Paz, sirve para notar injusticias. Con todo, la mirada puesta en el pasado no conduce siempre a la decepción. Porque es asimismo factible que recordemos la celebración de armisticios, los derechos humanos, incluso las obras maestras, cuya existencia demuestra cuán valiosa puede resultar nuestra especie. El abandono y la censura del esclavismo, en su vigencia contemporánea, entre otras postura éticas, abonan una esperanza, así sea moderada, en lo venidero.
Pero el reconocimiento de mejores circunstancias en las cuales podamos desenvolvernos, sea como individuos, personas o ciudadanos, no debe implicar que olvidemos los riesgos del estancamiento y la regresión. No tenemos ningún mandato genético que, una vez aprendida la lección del genocidio, por ejemplo, descarte cualquier reincidencia en ese campo. Es verdad que la educación puede ser muy útil para evitar esas reiteraciones; se trata de transmitir una cultura favorable a nuestra convivencia, más aún, a cada hombre, libre y digno. No obstante, la iluminación en estas materias nunca termina, pues el error jamás se hallará fuera de nuestro alcance. Lo que puede alentar el cometido es la capacidad reflexiva de quienes nos acompañan en estos quehaceres impuestos por la vida. Por supuesto, no hay aquí sitio para la inocencia. Está claro que, en considerables casos, tener una discusión racional sobre diversos males, tanto presentes como pretéritos, puede ser inviable.
Es indudable que varias décadas del siglo XX alimentaron la desconfianza en el perfeccionamiento del hombre, quitando respaldo a quienes lanzaron sus entusiastas predicciones mientras nuestro avance parecía irreversible. En esta centuria, no tuvimos un gran inicio, puesto que, una vez más, la violencia y el dogmatismo dejaron sentir su presencia. Empero, este oscurantismo renovado, usuario de las nuevas tecnologías, pero asimismo favorecido por innúmeras frivolidades, debe ser considerado en su justa dimensión, sin dirigirnos a conclusiones erróneas sobre la realidad. Es uno de los propósitos que se persiguen en las siguientes páginas. Desde luego, existen párrafos que llevan la marca del optimismo, aunque también tienen el signo contrario; en cualquier caso, la crítica continúa siendo nuestro común denominador.

lunes, 27 de febrero de 2017

Percontari Nº 12


El desdén y la condena

En su Ocaso de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo, Nietzsche niega que alguien pueda presentarse ante nosotros y, con indiscutible autoridad, decirnos cómo debería ser el hombre. Pasa que, debido a nuestra vertiginosa diversidad, aunque no necesariamente rica en todas sus facetas, fijar una sola concepción es un absurdo. Solamente la soberbia, fomentada, desde luego, por el desconocimiento de lo elemental, así como el fanatismo, puede explicar esa pretensión uniformadora. Sin embargo, concordar con ese reconocimiento de variedad humana no tendría que conllevar el rechazo a cualquier coincidencia. No me refiero a las obvias similitudes que se presentan en el plano material, físico; más allá del cuerpo, encontramos también sitio para las semejanzas. Aludo a valores, principios e ideales que pueden merecer la defensa de dos o más personas, orientando sus relaciones, sustentado vínculos, pero también permitiendo marcar diferencias con el resto. Es más, siguiendo esta línea, podemos llegar a rebasar los límites de una exposición, del señalamiento sobre lo que debemos ser, cuestionando a quien no sea compatible con aquello.
Cuando, en una conferencia de 1945, reivindicó el carácter humanista del existencialismo, Sartre habló sobre cómo, al elegir, un individuo se convertía en legislador universal. Todas sus decisiones, al final, servían para forjar una concepción del hombre que se debía ser, gracias al cual pudieran incluso lanzarse juicios de valor. Conforme a Protágoras, ésa sería la medida de todas las cosas, el criterio para examinar y, además, condenar. Pero no se alude únicamente a las críticas, los cuestionamientos que afectan en singular. Hay asimismo la posibilidad de que juzguemos inaceptable una situación de índole grupal, social, nacional o hasta mundial. Así, teniendo presente una idea fundamental, es posible que el simple cercioramiento de lo diverso sea inaceptable.
Si bien hay pensadores y escuelas que lo rechazan, la existencia de hechos objetivamente inmorales, indispensables para notar lo injusto, es plausible; más aún, considerarla como una premisa para fundar nuestra convivencia no podría estimarse sino necesario mientras aspiremos a tener razonables normas en común. Los quebrantamientos que se dan al respecto, provocando desarmonías, además de afectar a cada sujeto, ponen en riesgo lo convenido para tener mejores días o, al menos, con no tan frecuentes conflictos, ofensas, injusticias. Entenderlo es, por ende, una labor que toca cumplir entretanto haya la intención de no quedarnos con la disyuntiva del desdén o el conformismo. En este número, los ensayos que siguen a continuación tienen el objetivo de favorecer una comprensión tan relevante como ésa. No hay el afán de procrear justicieros ni moralistas; bastaría con generar preguntas en torno al tema, rescatando sus aspectos individuales y colectivos, para que el quehacer se crea cumplido.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Percontari Nº 11


La negación de nuestra insuficiencia


En un texto sobre la tragedia griega, Castoriadis presenta a Prometeo como quien habría enseñado a los hombres que eran mortales. Tomar consciencia de una verdad como ésa no era irrelevante; por el contrario, en muchos casos, su percatación puede resultar difícil, incluso demoledora. En épocas que llevan la huella del optimismo, sea éste individual o colectivo, nada parece moderar nuestras pretensiones. Ciertamente, puede llegarse al exceso de creer que aun los obstáculos más colosales caerán frente a la voluntad, ante una entusiasta e invarible intransigencia. Con todo, cuando advertirmos que hay una barrera indeclinable, capaz de liquidar todos los sueños, nuestras dimensiones pierden su carácter fenomenal. Así, con rigor, se impone la humildad y, por tanto, las concepciones acerca del futuro se tornan modestas, razonables, realistas. Esto no quiere decir que, al ocurrir ese acontecimiento, hubiésemos perdido toda esperanza; salvo excepciones muy notables, aunque sea en niveles ínfimos, esa virtud nos acompaña siempre. Es más, su presencia puede distanciarnos nuevamente de la realidad, aunque nunca tanto como dos elementos sin los cuales muchas vidas resultarían incomprensibles: ilusión y fe.
No es necesario que alguien sea un amargado empedernido para formular quejas, lanzando insultos y obsequiando maldiciones, en contra de la realidad. Son incalculables las ocasiones en que nos damos cuenta de nuestras limitaciones. Porque no es sencillo resolver los distintos problemas que, en diferentes campos, se presentan a diario. Se requiere valentía para enfrentar esos desafíos, pero también mesura, una virtud que nos mantiene distantes de lo ilusorio. Lamentablemente, la tentación de caer en cualquier salida fantástica, gracias a cuyas atenciones los días ya nos parecen menos frustrantes, triunfa en numerosos casos. Son sus ejecutores quienes eludirán el reconocimiento de los límites que, por diversas causas, nos obligan a no engrandecer nuestras expectativas. En este sentido, nos plantearán que todo lo deseado es hacedero. No sólo esto. Porque ellos juzgarán imperativo que se produzca un cambio radical, una transformación merced a la cual todo lo pasado sea liquidado. Sin embargo, en la realización de ese cometido, tarde o temprano, entenderemos que ninguna perfección, peor aún social, nos tiene como titulares.

Desde Platón hasta Nozick, muchos filósofos se han ocupado de pensar en un orden o sistema perfecto. En más de una oportunidad, alentados por variados móviles, hubo autores que intentaron cubrir nuestras imperdibles falencias con sus ilusiones. Su apogeo y, cuando acomete la materialización del anhelo, el inevitable fracaso sirven para entender una particularidad que nos es propia, esa negación a aceptar, de buen gusto, defectos, miserias e incapacidades. En las siguientes páginas, éste y otros aspectos relacionados con la utopía serán considerados por quienes, empleando interesantes enfoques, nos colaboran con sus valiosos ensayos. Estamos convencidos de que, tras finalizar su lectura, no habrá dudas respecto a cuán humano resulta incidir en esa evasión.

sábado, 27 de agosto de 2016

Percontari Nº 10

La materia que nos distingue 

La regla es que toda persona tiene siquiera un momento, así sea fugaz, gracias al cual nota su singularidad. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz plantea que, cuando somos adolescentes, esta condición se nos revela, lo cual puede concebirse como un impacto mayor. Tomamos, pues, consciencia de que somos diferentes, pero también, como consecuencia del descubrimiento, nos sentimos solos. Una creencia como la de ser únicos, esencialmente irrepetibles, puede servir para el orgullo, aunque, por las exageraciones, causar también peligros. Pero esa certeza está asimismo en condiciones de conducirnos al desasosiego. Porque no todos los individuos se sienten a gusto con dicha condición; no encontrar seres con quienes haya coincidencias, aun en las desgracias, vuelve más pesadas las cargas que la vida nos impone. Por suerte, los elementos que nos unen a otros sujetos, aun cuando pertenezcan éstos a otras generaciones, distan bastante de ser falsos.
Encontrar lo que nos enlaza biológicamente con los demás es, sin duda, importante para entender nuestra naturaleza, pero resulta insuficiente. No se discute que, merced a la ciencia, el conocimiento de las particularidades del hombre haya sido provechoso, permitiendo, entre otros avances, sobreponernos a diversas enfermedades. Sería un absurdo negar que, durante los últimos siglos, esos exámenes del organismo, en distintos niveles, posibilitaron una comprensión más cabal de las conductas, decisiones y reacciones humanas. No obstante, allende lo físico, tenemos un patrimonio que nos hermana: la cultura. Tal como lo hace Michael Oakeshott, me refiero a todo aquello que, en las distintas épocas, hemos creado sin estar pensando sólo en la inmediatez del momento. Esas actitudes, comportamientos, así como experiencias e ideas, aun equivocaciones, constituyen un legado universal sin el que lo humano sería irreconocible. Porque, con esfuerzo, torpeza, ingenio y, ante todo, ganas de vivir, hemos complementado una realidad fisiológica, en resumen, para labrar nuestra propia esencia.

En diversas oportunidades, a menudo funestas, algunos mortales se han concentrado en acentuar las diferencias, pero no desde la perspectiva individual, sino grupal. Está claro que son incontables los criterios que pueden ser útiles para dividirnos. El reto está en propugnar lo que, sin provocar adhesiones irracionales, románticas y sectarias, sea adecuado para mejorar nuestra existencia, al igual que las relaciones con los semejantes. Es un fin de carácter ético que puede percibirse al leer las páginas del presente número. Afortunadamente, como notará usted, apreciado lector, quienes colaboraron en la entrega no consideran innecesario procurar el esclarecimiento de ese común denominador.

viernes, 27 de mayo de 2016

Percontari Nº 9


De la necesidad al riesgo

En un apunte de su Diario filosófico, escrito durante veintitrés años, Hannah Arendt explica que, aislado, el hombre es impotente. Conforme a esta idea, para el establecimiento del poder, sería imprescindible la relación con los demás, aunque sea tener una entre dos personas. Una vez constituido el vínculo, se presenta ese fenómeno que, sin duda, jamás será irrelevante. Sucede que, gracias a su ejercicio, las capacidades del individuo se multiplican, permitiendo una mejor satisfacción de nuestras necesidades. Es lo que hace posible la organización, concepto imprescindible para quienes desean una convivencia razonable. Huelga decir que, al exponer este panorama, se parte de una justificación consensuada, un marco aceptado tras deliberar al respecto, descartando imposiciones arbitrarias. Porque, aunque resulte indeseable, la fundamentación de ese orden, necesario para nuestros congéneres, puede tener otras características.
Es posible que un sujeto decida por otro, restringiendo sus alternativas o fulminándolas por completo, sin preocuparse de persuadirlo para ello. Esto puede darse desde un comienzo, recurriendo al uso más grosero de la fuerza, o después, valiéndose del asentimiento que se le había brindado cuando surgió el lazo entre ambos. Es importante resaltar que puede hilvanarse un alegato claro, coherente, aun metafísicamente denso, como pasó con Heidegger y el nazismo; sin embargo, esa legitimación racional procuraría encubrir algo más rudimentario: las ansias de oprimir. Por consiguiente, además de la lógica, el entendimiento del poder que se pide respetar, para lo cual se usan medios violentos, debe generar una reflexión ética. Librar de condiciones su empleo es un camino seguro al oprobio. En este sentido, toda pregunta sobre la obediencia es un mandato que demanda nuestro deseo de vivir sin ataduras infames.


Por supuesto, un tema como el del poder consiente más de una disquisición. No sorprende que, a lo largo de la historia del pensamiento, desde los sofistas hasta Habermas, por citar un caso contemporáneo, se hubiera explotado el asunto. En esta entrega, Percontari alberga textos que, considerando diferentes aspectos, aunque reflejando la importancia del ámbito político, procuran estimular su meditación acerca de tal concepto. Con seguridad, escrutar su vigencia en nuestra existencia es tan forzoso cuanto saludable. Si obráramos así, podríamos percatarnos de hallarnos en una situación que no cuenta con las bondades creídas hasta hoy. Es un logro que está en nuestras manos. La filosofía nos obsequia ese poder que descubre falsedades, pero también injusticias.

sábado, 27 de febrero de 2016

Percontari Nº 8


Insuficiencia del aislamiento

En Grecia, cuando emergió la filosofía para beneficio del género humano, se subrayó el valor de conocerse a uno mismo. Lo postulaba Sócrates, pero también otros pensadores que no encontraban una mejor vía para notar errores, advertir limitaciones y progresar como personas. Tal enseñanza implica, entre otras cosas, que cada individuo reflexione sobre sus decisiones, dejando sitio al espíritu crítico, cuya presencia en nuestras vidas resultará siempre útil. Así, apartándonos de los demás, podríamos descubrir verdades que juzguemos relevantes, incluso indispensables para ser felices. Recordemos que, solo, sentado frente a una chimenea, Descartes nos obsequió las bases del pensamiento moderno. La duda se constituyó entonces en el punto de partida, un comienzo que serviría para orientarnos, motivando resoluciones e impulsando cambios. Con todo, sería un error suponer que cualquier inquietud puede ser liquidada merced a ese aislamiento.
Según Émile Bréhier, el hombre racional no puede sino aceptar tres dimensiones. Efectivamente, mientras tengamos esa condición, debemos lidiar con el hecho de ser históricos, trascendentes y sociables. Esta última faceta es tan importante que, si la relegásemos, diversas necesidades, hasta las impuestas por nuestra subsistencia, serían insatisfechas. Por lo tanto, siendo dicha realidad ineludible, debemos pensar en cómo establecemos un marco gracias al cual los problemas comunes sean enfrentados del mejor modo posible, respetando principios éticos, lógicos y jurídicos, entre otros. En este sentido, aunque haya casos excepcionales, como quienes aspiran a ser ermitaños, la relación con los demás impone el tratamiento de varias cuestiones. Es ilusorio creer que ninguna determinación adoptada por las otras personas, dispuestas a regir nuestra convivencia, podrá perjudicarnos. El distanciamiento radical no es sensato ni, menos todavía, moralmente plausible.

En esta nueva entrega, hemos asumido el encargo de discurrir sobre la convivencia, un concepto que supera esa coexistencia meramente natural, instintiva, animal, pues conlleva una carga cultural de la cual somos responsables. Tal como lo constatará, los aportes que comprenden este número han explotado diferentes enfoques; no obstante, nunca deja de intentarse un tratamiento reflexivo del asunto. Se tiene hoy la idea de haber hecho un esfuerzo que justifique su consideración. Esperamos que coincida usted con este parecer y, lo más importante, se anime a razonar acerca de sus relaciones con las otras personas. Un futuro marcado por la concordia, o el conflicto, depende de aquello.